domingo, 7 de diciembre de 2008

ITALIA 2ª Parte // Florencia

Pisa no requiere mucho tiempo para llevarse un buen recuerdo. Desprendidos del encanto que provoca la torre tambaleante, otro encanto a una hora de tren de allí, llamado Florencia, atrae a cualquiera que ande rondando por la zona.
Al llegar a Florencia, la primera impresión es de una ciudad que agobia, que apretuja y oprime a los turistas con los propios turistas que la visitan. Florencia te envuelve con sus calles angostas, a veces sin veredas, en las que da la impresión de que se van estrechando cada vez más y las fachadas de los edificios te van cerrando el paso. La ciudad medieval ha dejado su lugar a una ciudad moderna con sus problemas característicos de contaminación y tránsito caótico en zonas céntricas.

Il Ponte Vecchio

Lo romántico y tópico sería decir que las calles de estas maravillosas ciudades de Italia huelen a café recién hecho, a pomodoro y a carbonara, y a crujientes panes recién horneados. Aunque nada de lo anterior es mentira, el haber paseado mi nariz por allí me autoriza a decir que no hay que obviar el olor más intenso que recorre el centro de Florencia, y es ni mas ni menos que el aroma a polución escupido en forma de gases tóxicos por los caños de escape de todo vehículo motorizado y que queda impregnado en las fachadas de edificios y monumentos ennegrecidos y encerrados en los pulmones de los transeúntes.

La concentración de autos y ómnibus se magnifica por lo estrecho y amontonado que resulta el entramado de calles del centro de Florencia. Una gran cantidad de florentinos han encontrado en la bicicleta y en las motos un medio de transporte muy eficaz a la hora de sortear los atolladeros normales que se producen y para transitar en aquellas calles en las que sólo un birrodado o un bípedo es capaz de caber. Se echan de menos las zonas exclusivamente peatonales donde andar sea sinónimo de paseo y el respeto a las señales básicas de tránsito, como por ejemplo las cebras, que no están de adorno como creen los italianos sino que cumplen una función. En Italia, jamás te fíes de una cebra, mejor dicho, no te fíes de los descerebrados al volante.


Vista gélida desde Piazzale Michelangelo

Problemas y desahogos aparte, Florencia es bellísima. En pocos metros cuadrados se transita del siglo X al XVII como quien no quiere la cosa. El centro neurálgico de la ciudad está precisamente en la Piazza del Doumo. Il Duomo o Basílica de Santa María di Fiore es uno de los lugares más espectaculares de Florencia, sino el más. Esta enorme casa de veraneo de Dios fue terminada por Filippo Brunelleschi en 1436, más de un siglo después de que se comenzara con la fastuosa obra. A Brunelleschi, Bruno para los amigos, se le debe, además de algunos viáticos, la gigantesca cúpula que para sus colegas contemporáneos parecía una locura. La cúpula es como el ojo del Gran Hermano de Florencia, tal vez lo sea por qué no. Este ojo rojizo de ladrillo descubierto sigue y controla todos tus movimientos allá a donde vayas, al final de los callejones o simplemente cuando levantas la vista, Él siempre te está mirando.
Pero si la omnipresente cúpula nos sorprende, que dejamos para la fachada y exteriores de este mastodonte. Está construida con mármoles de 3 colores diferentes: rojo, verde y blanco. A primera vista parece la casa de muñecas de la hija menor de Goliat, pero cuando se toma contacto con el frío y liso mármol se acaban las sospechas de que se tratase de plástico duro.
Il Duomo en su interior es muy austero y espacioso, muy espacioso. Lo más destacado es el fresco que cubre el interior de la cúpula, “El Juicio Final”. Ni una buena tortícolis puede fastidiar la contemplación de tan majestuosa obra.
Junto al río Arno, las plazas, los parques y tiendas, Il Duomo es uno de los pocos lugares con entrada gratis en Florencia, cosa que agradecen la cultura en general y las economías misérrimas como la nuestra. El resto de edificios cuestan entre 6 y 10 Euros, como la Academia donde está el archifamoso David de Miguel Ángel, del que por cierto conocimos a su hermano gemelo, la versión popular del hombre desnudo más admirado del mundo.
Comenzando el paseo por Il Duomo, la visita de Florencia discurre sin prisas entre pequeñas y medianas iglesias y capillas de estilo gótico algunas, renacentistas otras, clásicas y románicas las que quedan; de mármol, ladrillo o adobe; de San Fulano, Santa Mengana o Santo Sultana; con paredes manchadas por algún famoso pintor o con esculturas talladas por algún conocido punzón.

Il Ponte Vecchio

Cuando el aire comienza a escasear y los pulmones piden a gritos un poco de aire limpio, se puede buscar la salida, mapa en mano, al Arno, el río que parte en dos a Florencia, o buscar uno de los tantos parques o zonas verdes que rodean la ciudad. Si salimos a la orilla del Arno posiblemente tomamos la vía Tornabuoni y recorrimos la zona más chic y distinguida de Florencia en la que las tiendas de Versace, Gucci, Prada y su abuela Carlota, pelean por llevarse el premio Glamour a la vidriera más extravagante. Estas vidrieras siguen siendo, para mi gusto, un museo gratis de surrealismo extraterrestre al que no le encuentro todavía el punto y miren que se lo busco.
También travesamos la Piazza de la Signora, rodeada de restaurantes y bares caros, de esculturas y del Palazzo Vecchio, otrora residencia de los que fueron amos de Florencia, los Médicis. Pasando el museo de los Ufizzi, la galería de arte más antigua del mundo, a la que si decidimos entrar abonando lo que corresponde podremos contemplar obras de Botticelli, Tiziano, Leonardo y Goya, Rembrandt y toda la creme de la creme. Si en ese momento no tenemos los 7 euros de la entrada o nos aburren esas galerías de arte, continuamos cien metros y nos encontramos con las turbias y verdosas aguas del río Arno y sus puentes. O mejor dicho, el puente por excelencia de Florencia, Il Ponte Vecchio. Construido en 1345 tiene la particularidad de soportar a sus lados tiendas que se asoman al río. Hoy por hoy, estas tiendas son en su mayoría joyerías, pequeños búnkeres de alta seguridad que exhiben sus alhajas de oro y piedras preciosas. Hace unos cuatro siglos, como si fuera ayer, el Rey prohibió a los carniceros, curtidores y herreros que siguieran ocupando estas tiendas porque los muy asquerosos arrojaban todos los desperdicios al río. Fueron los primeros y tímidos intentos por luchar contra el cambio climático que ya se veía venir. El Al Gore del siglo XVI.
Si será hermoso este puente que cautivó hasta el mismísimo Adolf Hitler. Cuando la II Guerra Mundial tenía ya sus vencedores, los nazis en retirada comenzaron a dinamitar todos los puentes sobre el Arno, salvo el Ponte Vecchio que enamoró al Fuhrer, si corresponde el sentimiento en un ser sin alma, y fue capaz de ablandarle el canto rodado que tenía por corazón. Sin embargo muchos siguen creyendo que el atolondrado del bigote raro se quedó sin dinamita.
El puente siempre está abarrotado de turistas que miran más de lo que compran las joyas allí expuestas a ambos lados. La paz y tranquilidad se logra conseguir unas calles más adelante, en Altroarno (del otro lado del Arno), un barrio en el que abundan los negocios de antigüedades y pequeñas ferias de fin de semana.
El frío y la lluvia nos jugaron una mala y húmeda pasada. La lluvia de poca intensidad, duró un día, al siguiente el sol dio vida nuevamente a Florencia y a nuestras fotos. El frío siguió su cause natural.
Otro lugar que deja boquiabierto es la Piazzale Michelangelo, ubicada en una colina y con unas vistas sublimes de Florencia que te dejan helado. Aunque no gustaran las vistas, helado ibas a quedar porque la brisa gélida que corría de este a oeste y de norte a sur no dejaba impasible a nadie, se los aseguro.

Il Duomo


Muchos son los que han colaborado para que Florencia sea lo que es hoy, cuna del arte y del culto a lo bello, pero bastante le debemos a los Médicis que invirtieron lo que no está escrito para cultivar el arte de los grandes artistas. Este esfuerzo desinteresado por cumplir con todos sus deseos y los caprichos más excéntricos de esta noble familia debe tener su recompensa. Por eso creo necesario dedicarles este post de Florencia a ellos, los mecenas del arte mundial, porque despilfarraron todo su dinero para que nosotros lo disfrutemos. ¡Qué buena gente estos Médicis!

1 comentario:

El Serrucho dijo...

// Mis dilatadas y humedas pupilas titilan cual enana blanca a punto de colapsar, ante la enorme sorpresa de encontrarme con un comentario tuyo, amigo Alejandro. Claro que he seguido visitando ELKATALEJO todo el tiempo, siempre con la timida esperanza de encontrar algun nuevo material literario. Y ahora se me inflama el pecho de emoción al saber que ha vuelto al ruedo. Gracias por volver a visitar ELSERRUCHO y estamos en contacto.

Abrazo.